El pasado martes 16 de diciembre, la Comisión Europea propuso una relajación de los objetivos de reducción de emisiones para 2035, bajando el objetivo de reducción de emisiones de dióxido de carbono del 100% al 90% en comparación con los niveles de 2021. La propuesta todavía debe ser aprobada por los estados miembros y el Parlamento Europeo.
En la práctica, esto permitirá que se sigan vendiendo vehículos con motor de combustión interna más allá de 2035, probablemente utilizando combustibles denominados “neutros en emisiones”. A pesar de que el paquete incluye otras medidas para incentivar la adopción del vehículo eléctrico y la producción de baterías en Europa, la cuestión clave es la señal enviada al mercado: diluir los objetivos conlleva el riesgo de fomentar que continúe la inversión en tecnologías de combustión, lo que puede debilitar a la industria europea del automóvil a medio y largo plazo.
La disminución de los objetivos se justifica en una demanda de vehículos eléctricos menor que la esperada, aunque se ha publicado muy poco después de que los resultados del mercado en noviembre hayan mostrado un fuerte crecimiento interanual en las ventas de vehículos eléctricos en Europa. En nuestra opinión, una amplísima mayoría de los coches nuevos vendidos en Europa serán eléctricos en 2035, como resultado de los avances tecnológicos y no como consecuencia de la regulación.
La pregunta real es más bien si estos vehículos y sus baterías se diseñarán y fabricarán en Europa. Lo que la industria continental necesita en este momento es claridad y coherencia regulatoria y un foco político claro en acelerar una cadena de suministro europea competitiva, así como su propio compromiso con liderar la transición global más que ir a remolque.


